El vino queda irremediablemente unido a la tradición poética más clásica, y como no podía ser de otra manera, dentro de mi producción poética debía encontrarse algún que otro trabajito sobre el regalo de Baco. Por suerte existen certámenes literarios, como el que nos ocupa ahora convocado por el CIT del Valle de Güímar, tierra de viñedos de crianza volcánica: el I Premio Nacional de poesía «Enopoética».
Lamentablemente la composición que acto seguido se compartirá no ha sido coronada con el laurel (que no el olivo, y esto lo entenderán aquellos más clásicos que me lean), pero su reconocimiento como finalista del certamen ya es de agradecer para un humilde entramado de versitos que en su día hicieron gracia a quien los recibiese de la musa vestida de ménade. Por lo tanto aquí lo comparto, y espero que sea deleite de sus lectores:
El ruido de las armas seca la inspiración,
ahogados en amarguras de indecisos días.
Pero la vid que se yergue, allá en la colina,
cultivo ancestro de cualquier planta vecina, me incita a la acción:
hoy hace bueno, descorcha ya ese vino;
sea abajo del roble, la higuera o el tilo,
que mientras suban los astros, oscuro, él bajará: ¡enloquezcamos!
Mañana, ya nos vaya a llover o tronar,
su calor nos será refugio,
su aroma, reposo de alegría y penas;
y acompañe así el viento de otoño
llenada la copa, a la pluma de nuestras diestras,
pues ni difuntos ni fantasmas quiero
estas fechas. A mí dadme una tinta cosecha
Vinum Pacis
De R. Martín
Enhorabuena al ganador del concurso y gracias a la entidad convocante.

