Allá en el lejano año de 2019, antes de perder la inocencia colectiva por la llegada de la pandemia de COVID, de su pléyade de estragos y su largo séquito de oleadas que han golpeado una tras otra los cimientos de nuestra supuestamente consagrada realidad, un servidor se encontraba trabajando como profesor en un régimen de estudios de modalidad a distancia, explorando los medios y posibilidades que este tipo de sistema ofrecía, así como las limitaciones que presentaba y que debían enfrentarse para mejorar la situación presente.
Nos esforzábamos por ofrecer la mejor atención al alumnado matriculado, aprovechar el servicio que las herramientas de la plataforma educativa nos brindaba, sin perdernos en el riesgo de dilapidar nuestro tiempo con algunas de ellas (como a veces ocurre con la educación digital), y en facilitar una comunicación fluida entre las partes del todo que éramos profesorado, alumnado y directiva dentro de una realidad que parecía extraña y minoritaria para el resto de la comunidad educativa y de la sociedad, sobre todo en el ámbito de la enseñanza secundaria.
El barco que navegaba aquellas procelosas aguas estaba capitaneado por una gran aventurera de un mundo cuyas aulas eran los hogares de los alumnos, cuyos temarios se cifraban en unos y ceros, cuya comunicación se mantenía entre figuras sin rostro; una líder a quien apreciaba y admiraba (y a la que en el momento de escribir estas palabras mantengo igual admiración y aprecio), que tenía una total seguridad en que esta labor sería clave para el mundo venidero, y se dejaba la piel por allanar el camino que permitiese un progreso, al menos suficiente, para que las necesidades del futuro pudiesen ser satisfechas. Por aquel entonces el bachillerato a distancia era excepcional, una rara avis, ignorado salvo por los propios implicados. Un alumnado con las situaciones sociales y laborales más variopintas eran nuestra habitual clientela y nosotros remábamos para llevarles a buen puerto, sorteando algunas limitaciones impuestas por las deficiencias de un sistema que debía seguir perfeccionándose.
Llegó el 2020, el estado de alarma, el confinamiento total, la incertidumbre y el caos para la educación tradicional, mas nosotros estábamos preparados (por lo menos más que otros). El software y la interfaz del CEED sirvieron de modelo para la creación de la plataforma Aules, la cual permitió reducir el soberbio impacto recibido y salvar el curso, si bien la herramienta no podía suplir la inexperiencia de muchos compañeros y compañeras que sudaron sangre para trasladar material y metodología en tiempo récord. Todo el mundo tomó conciencia de lo que en realidad era la educación a distancia, de las jornadas maratonianas que se empleaban en producir y transmitir una sola asignatura en semejante medio, así como de la esclavitud de no tener un horario definido para atender a correcciones, mensajes, envíos, y demás aspectos que ya suelen dar quebraderos de cabeza en la profesión presencial.
Hoy en día Aules sigue siendo una referencia para la educación secundaria, aunque esperamos que su presencia no vaya intrínsecamente unida a la continuidad de la pandemia y caiga en el olvido cuando el impacto del Coronavirus sea cosa del pasado, pues si algo nos ha demostrado esta situación es que el futuro conlleva cambios que podrán ser profundos y disruptivos, habiendo de garantizar en todo caso el derecho a una educación y formación de la mejor calidad, no sólo en aquellos aspectos que versen en el simple “traslado” de una asignatura a una modalidad online, sino en los requerimientos que se desprenden de un escenario diferente al acostumbrado para la comunidad educativa.
Por ello se hace imprescindible ahondar en todas las situaciones novedosas que devienen del modelo a distancia, compartir las experiencias con ellas, las soluciones alcanzadas y las metodologías desarrolladas en el proceso, en pos de pulir un sistema que sea capaz de afrontar los desafíos presentes y futuros. Tal fue el caso que nos ocupaba en el artículo, que vuelvo a traer ahora, en relación a la diversidad de funciones que un tutor de bachillerato a distancia asume y el modo en que puede enfocarlos. En él se hayan destiladas la común experiencia que la Dra. Cristina Álvarez y quien escribe estas palabras tuvimos en el desempeño de las labores tutoriales.
Confío en que a los interesados en el tema les sea de utilidad. Pueden acceder al artículo, alojado en la plataforma Academia.Edu, en este enlace: Las dimensiones de la tutoría a distancia en bachillerato y y la interrelación con la diversidad funcional del tutor